Y el domingo, por fin, pintó pintar, y el pintar me llevó a escribir...
Hacia mucho tiempo que no pintaba, ni escribía,
y mientras buscaba los materiales, fui escribiendo lo que iba a dibujar.
El modelo estuvo siempre ahí, esperando que lo descubriera,
hasta que el domingo lo vi en mi cartón.
El cuadro estaba en mi casa, solo había que armarlo, compaginarlo.
Asique empecé a juntar los colores, con las luces y las sombras,
y sentì esos aromas, algunos me llevaron a la facultad:
el acrílico sobre las latitas, los pinceles en el agua de colores,
la cinta de papel sobre el cartòn, eran olores viejos,
como fotos antiguas que se sacan de un añorado cofre.
Y el pincel volvió a vivir, estaba viejito, se revelaba un poco,
pero después de un rato llegamos a un acuerdo,
empecé a usar los dedos,
así descansaba de a ratos el viejo elemento.
Y me manché toda, las manos, la remera.
El sol iba y venía, y una terraza de Ciudadela
se transformó en un oasis en la arena.
Tres horas pasaron, o quizás mas,
pero cuando el tiempo se usa bien, creo que no importa tanto el contabilizarlo.
El modelo se quedo quieto, solo a veces se movia,
pero tanto lo hice esperar,
que no se lo hice notar...
Por supuesto tuve que acceder a una foto de él con su retrato,
dice que lo dibujé mas joven, no estoy de acuerdo,
yo creo que lo dibujé en su plenitud, en su mejor momento,
que por cierto todavía no llegó.
La perspectiva no importaba,
la verdad de la realidad se fue bastante rápido,
los lápices acuarelables insistían en ser protagonistas,
pero compartieron podio con temperas y acrílicos,
la pasamos bien todos.
El celular estaba apagado,
el silencio nos puso su mejor compilado,
y la brisa suave nos avisó que habíamos terminado.
Vero Gambaccini
